miércoles, 30 de abril de 2008

La oralidad del cuenta cuentos nica

Amadeo Albuquerque Lara

El cuenta cuentos de Olama y los Mollejones, entrevistado por el maestro periodista Mario Fulvio Espinoza (LP 12/9/2004, p.10B), es el prototipo del cuentista que se encuentra en los pueblos alejados de la capital. En el departamento de Rivas es muy común oír narraciones de un personaje desconocido llamado Juan Ventura. Se citan tantos cuentos atribuidos a este personaje, pero nadie lo conoció ni sabe de dónde era ni cuándo murió. Lo cierto es que sigue vivo en el folclor de ese departamento, y quizás en otros. Los cuentos de Fernando Silva, además de costumbristas son eminentemente representativos de la narrativa oral nicaragüense. La novela de Carlos Alemán Ocampo, Vida y amores de Alonso Palomino, es otro ejemplo de narrativa oral. Lengua madre del doctor César Ramírez Fajardo nos deja escuchar a sus personajes —las madres que llegan a su consultorio— para que seamos los lectores quienes juzguemos esos rasgos orales de sus pacientes. Es decir, la narrativa nicaragüense contiene suficientes fuentes escritas en donde se pueden documentar esos rasgos de la oralidad. El personaje del cuenta cuentos es folclórico, pintoresco, campechano, mal hablado, y sobre todo, exagerado. Analicemos el habla particular del personaje de Olama y Los Mollejones. Debemos comenzar por el tema que ocupa el centro de la entrevista: El mico brujo, el diablo y la cegua. El tema del mico brujo o la mica bruja es casi generalizado en todo el territorio nicaragüense. Recuerdo que en San Jorge, mi pueblo natal, había un cuenta cuentos llamado Rodolfo Orozco. Este personaje podía pasar la noche narrando cuentos de Juan Ventura, del diablo y de micas brujas. Este pasaje de la mona que se sube a la grupa del caballo que monta el trasnochador y que éste creyendo partirla en dos, le corta la cola al caballo, era el favorito de mi niñez. Otro personaje de origen masayés, pero que vivió en Rivas, relataba la historia de que una noche enfrentó al diablo a punta de machete y al final lo venció. Las historias de ceguas que asustaban a los tunantes también eran comunes. Estos tres temas, pues, pertenecen a la narrativa del cuenta cuentos. La otra característica es la expresividad por medio de la onomatopeya. En el pasaje en donde se enfrenta al bulto blanco se desborda el lenguaje onomatopéyico. “Y lo agarré en el suelo y, chas... chas... chas... Fla, fla, fla, fla sentía que el machete pegaba y soslayaba en el hueso. Ra, ra, ra, ra, ra, lo agarré por mi cuenta, pa, pa, pa, pa y le digo:” Es realmente una cadena de sonidos reflejados por el habla oral, lo cual hace interesante el relato. La mezcla del presente histórico con el pretérito indefinido es otra característica de la narración lineal del cuenta cuentos. “Claro que el mico me siguió hasta cierto punto, pero de ahí los perros salieron: guay, guay, guay latiendo. Bueno, el mico se apartó, pero más adelante me salió: cuas cuas, cuas, ahí venía atrás. Le digo yo: ‘Si te montás te arrepentís hijo de p... porque te morís ahora’.” Nótese en estos ejemplos, el manejo de la onomatopeya en los momentos más emocionantes. La sintaxis arcaica la utiliza el narrador folclórico con mucha frecuencia: “... porque voy al pueblo a dejar unos mis quesitos y ahí me agarra la noche.” “Yo tenía una mi tal enamorada ahí.” Es la sintaxis de los siglos XIV y XV heredada por los colonos españoles y que todavía se escucha aún en boca de ciertos locutores de radio y televisión: “En este su programa o en esta su emisora”. No podemos obviar el uso del diminutivo en estas narraciones: “Yo he sido hombre que he andado todita la vida de noche, porque voy al pueblo a dejar unos mis quesitos”. “Eso sí, yo manejo una cutachita chiquita”. “Me fui un sábado para allá, de la otra finquita salí para allá.” Es de sobra conocido que nuestro diminutivo no significa necesariamente que el objeto o persona sea pequeño, sino que adquiere características afectivas como quesitos o enfáticas, como todita la vida. La exageración para destacar la valentía del personaje, no es un rasgo único de la narrativa oral nicaragüense, pues desde la épica medieval se exageran las acciones de los héroes. El Cid Campeador toma al león con las manos y lo somete. Vence a los infantes de Carrión y venga por sí solo la afrenta de sus hijas. Oigamos a nuestro cuenta cuentos: “Si te montás te arrepentís hijo de p... porque te morís ahora”. “Bueno, yo vi el bulto y no le tomé ningún entusiasmo.” “... el caballo le tenía miedo, ya lo traje para allá y le grito: ‘no te equivoqués que soy fiesta, te voy a enseñar cómo es que me llamo yo”. “... le vuelvo a poner otro revés y a los seis va pal'suelo aquel espanto”; “yo sentía que a cada machetazo me pringaba de sangre, de babosada”; “sentía que el machete pegaba y soslayaba en el hueso, por donde- quiera.” Hasta que lo dejé tendido a la orilla del río, nos relata. El uso de rituales, símbolos religiosos y ciertos ingredientes de cocina como la sal y la mostaza, son típicos en estos cuentos: “Mi papá me había dado un consejo, cuando se hacen esos pactos, decía él, se dan tres vueltas al lado contrario, ra, ra, ra, tres vueltas y al otro lado otras tres vueltas. Yo di las tres vueltas y para decirle que no le tenía miedo pegué un gran grito”. “Teniendo valor, sí. Y con una cruceta lista, si no es de balde, dicen que con cruceta se agarra cualquier diablo”. En el relato de la cegua que abría la gaveta por la noche, nos cuenta don Horacio: “Entonces ya me castié, me saqué la mano zurda por debajo y la volé por encima”. “Bueno —dice— hay que traer la mostaza y volarle una reguera ahí en la salida de la puerta y verás que amanece penando”. Así justifica el haber vencido tanto al diablo como a la cegua. El símbolo de la cruz, ya sea en el machete —la cruceta— o abriendo los brazos para formarla, se encuentra en historias suramericanas tales como la Sayona, la cual era un espanto que mataba a quienes hablaran de mujeres en el bosque. Por último, pero sin agotar los rasgos de la oralidad, el cuenta cuentos es mal hablado. Sin embargo, esto no es propio del nicaragüense, pues en La Celestina y otras historias medievales se lee el famoso ‘hideputa’. Veamos sólo unos cuantos ejemplos en la narración que nos ocupa: “Si te montás te arrepentís hijo de p...”, en el caso de la mica bruja. En su cuento de la tremolina con el diablo es en donde se muestra mucho peor. “¡Ah no, no me jodás hijo de p...!”; “¡Ajá! No hablás hijo de p... entonces te hacés el chancho, va pues démosle a este rejodido, te voy a enseñar ahorita cómo es que me llamo yo”. “Dejáte de m... vamos a ver qué diablo es éste que sale aquí”. Por supuesto, por tratarse de la publicación en un Diario, nuestro periodista Mario Fulvio no nos ha completado la mala palabra y ha usado los puntos suspensivos para que la completemos. Para cerrar este análisis, debo señalar que de los rasgos aquí destacados hay muchos que se encuentran presentes en la literatura medieval. De los temas que también he mencionado, son propios del ambiente americano los que inspiran miedo. Ya he citado el cuento de la Sayona y también debo citar “El gaucho y la sombra negra”, del folclor suramericano. Este último cuento se refleja en el cuenta cuentos de Olama y Los Mollejones, nada más que comienza diciendo que es un bulto blanco y termina describiendo una sombra negra. Sin embargo, el tema de la cegua que espanta a los mujeriegos, abunda en el folclor nicaragüense.